C O O K I E S ! para comérselas

Desayuno con zapatos

Por Nagammah L. lunes, marzo 28, 2011

La niña saltó de su cama. Hoy era el día de su cumpleaños, por fin se había hecho mayor; seis años. La gustaba ese número, el seis parecía tan perfecto, además por fin era una mujercita, o eso había dicho su padre.
Sonrió mirando su muñeca favorita y no pudo evitar abrazarla. Mamá la había dicho el día anterior que a lo largo de la vida vas olvidando cosas, como por ejemplo abrazar a tu muñeca. Por supuesto ella había abierto los ojos como platos, jamás se olvidaría de abrazar a Suri —así se llamaba— aunque pasasen milenios, y esa misma noche después de que su madre la diese el beso de buenas noches lo prometió mirando a las estrellas mientras estrechaba contra su pecho a Suri.

Hoy era sábado, que día maravilloso, cumpleaños y sin colegio. Caminó hasta el balcón y dejó que la luz entrase. El sol brilló al posarse sobre los ojos marrones, mientras que el viento fresco de una mañana primaveral jugaba a mecer el pelo negro. Varios tirabuzones jugaban en la espalda de la niña. Un camisón de tirantes blanco era lo único que vestía. La encantaba estar descalza, sin embargo su madre solía reñirla con frecuencia por hacerlo. Ella antes era una niña y ahora una mujercita, ya podía tomar esas decisiones y si mamá tenía idea de reñirla la contaría lo bien que se siente cuando toca el suelo con los pies. Una extraña sensación de conexión, además la gustaba tener los pies fríos, que no significaba frío en los pies. Rió para si misma, recordó una frase que la abuela había dicho una tarde «el orden de los factores a veces si altera el producto» ella no lo había entendido, no sabía que eran factores ni a que clase de producto se refería, pero tenía la sensación de que la abuela hubiera dicho eso.

La calle estaba llena de gente, debía ser el mediodía. Veía como los ancianos estaban sentados en los bancos más cercanos al parque charlando. ¿Sobre que hablarían las personas tan mayores? Seguro que sobre fútbol siendo hombres, o eso decía Almudena, su hermana mayor. A veces ella escuchaba a escondidas conversaciones de Almudena, y había llegado a la conclusión de que únicamente hablaba de chicos y casi siempre para quejarse de ellos. Ella no entendía muy bien porque entonces seguía hablando con esos «imbéciles mujeriegos sin ningún sentido del amor» como los había catalogado Almudena una vez mientras hablaba con Sonia, su mejor amiga. Ella cuando en su clase discutía con algún niño no le hablaba durante semanas, aunque terminaban por perdonarse. En cambio Almudena parecía enfadada todo el tiempo, o a veces estaba en otro mundo. Mamá había dicho que era la adolescencia.
Se fijó en el parque, había muchas madres, ninguna tan guapa como la suya claro, charlaban animadamente mientras los niños jugaban. Había de todas las edades, incluso estaba Amalia esa niña estirada que discutía con ella por todo; era insoportable. Ahora ella mandaría, esa idiota de Amalia sólo tenía cinco años, sin embargo ella ya había cumplido los seis. Alberto estaba a su lado, tendría que hablar seriamente con él. Si era su mejor amigo no podía hablar con Amalia, estaba segura que eso era alta traición.

Volvió a entrar en la habitación pensando en que la regalarían ese día. Seguramente un montón de ropa y juguetes. Que feliz estaba. Caminó de un lado a otro de la habitación meditando sobre como debía salir a desayunar. ¿Las niñas mayores como lo hacían? Ella se sentía especial ese día, pero no más especial que en otros cumpleaños, ni tan siquiera notaba nada que la hiciese mayor. Sin querer tropezó con una caja; estaba envuelta en papel de regalo. No se había percatado en ningún momento. La miró deseosa para terminar cogiéndola. Se sentó en la cama con ella en su regazo. ¿Que podía ser? Su madre la había dejado ahí para que ella lo abriese sola.
Primero quitó el gran lazo de color marfil que sujetaba toda la caja. Suspiró a la vez que comenzaba a desenvolver el papel liso rosa pálido que guardaba su regalo. Estaba nerviosa. Con sumo cuidado intentando no romper ni un poco, sentía que eso era importante. Nada más acabar se abalanzó a abrir la caja; eran unos zapatos.
Rojos, brillantes, con una tira y un pequeño botoncito. Eran hermosos, tan iguales a muchos otros y diferentes. Se la cortó la respiración, eran los zapatos. Los había visto meses antes en una tienda del centro y pidió a su madre que se los comprase. Ella dijo que no, que ya tenía muchos zapatos, pero aún así se los había regalado. Desde ese día serian sus zapatos preferidos, no cabía de la emoción, y pese a que aún estaba en camisón se los puso para salir corriendo a los brazos de su madre. Al ponérselos se sintió por fin una niña mayor, lo que tanto había deseado.


Así me siento en un día como hoy, como una niña de seis años estrenando los zapatos rojos que tanto había pedido y deseado. Esos zapatos que sabía le acompañarían en la nueva aventura de ser una niña mayor. Feliz, con una sensación de gozo personal increíble.

1 comentario:

  1. ualaa sorprendida me he quedado con la niña! que mona! :) y qué felicidad más abundante leo ultimamente no? así sí! :D

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