C O O K I E S ! para comérselas
No todos los recuerdos son oblitatoriamente malos
Si somos sinceros muchos de ellos son buenos.
Nos hacen sonreír al recordarlos, y querer revivirlos de nuevo.
Te paras unos instantes a pensar como fue.
Cierras los ojos y casi sientes que puedes estar allí.
Recuerdo la brisa marina. Era una playa larga. La más larga que he visto en mi vida.
Había mucha gente. Estaba abarrotada. Hombres mujeres y niños por todos lados.
Muchos reían. Los turistas miraban curiosos ese mundo nuevo. Aunque no eran muchos.
La mayor parte de la gente estaba en el mercado. Estaba allí mismo, sobre la arena.
Sin querer pienso en el niño que pocos minutos antes me había pedido agua.
Ni dinero, ni que comprase nada, sólo agua.
Nosotros llevábamos una botella de coca-cola. Sin pensármelo dos veces se la regalé.
El corazón se me estremeció al ver su sonrisa. Era blanca, radiante.
Lo había hecho feliz. Con que poco, pensé.
Volviendo al momento, vimos los caballos. Eran dos.
Les hizo gracia que yo subiera en uno. No era gratis, para nosotros tampoco mucho dinero.
Con el miedo que me caracteriza, y del que hice gala horas antes con los cocodrilos, me negué en rotundo. Mi madre reía. Los demás decidieron subir ellos.
Ahí estaba yo. Posando para una foto con dos. No eran mi familia, pero como si lo fueran.
Es curioso las relaciones tan fraternales que su cultura puede llegar a crear con gente que no es de su sangre. Yo hice lo mismo. Al finalizar el mes, para mí eran como mis primos.
Mis primos como mis hermanos.
Como regalo a todo ello, experiencia inolvidable e irrepetible. Un viaje lleno de reencuentros. Más bien de conocer a mi familia.
Descubrí que es la felicidad y el cariño.
Más tarde me tocó saber que es el dolor de añorar lo lejano.



*Chennai, India. Año 2007. Tengo muchas ganas de volver.

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Déjame un sueño